 | Alberto Chessa (Murcia, 1976) me ha regalado su poemario La osamenta, accésit del Premio Adonais 2010, un libro de setenta poemas en su mayoría de extensión breve, escritos entre 1999 y 2010. En primer lugar quiero destacar el prólogo de Jordi Doce, que me parece muy acertado; ha interpretado los poemas con lucidez y sensibilidad, como en él es característico. |
| Estoy de acuerdo con Doce: sorprende la madurez de este libro teniendo en cuenta que es opera prima. Los versos son densos, precisos, rotundos. En algunos casos el poema es una sentencia o aforismo, como “Ormai” (“La hoja que se arranca del calendario/Es siempre complaciente./ Como la nuca de un guillotinado”) y “Golfo degli angeli” ( “La muerte en cada sueño es una guardaespaldas./ Despertar es morir y yo me duermo”). Chessa trata de llegar –y lo consigue- al hueso del lenguaje, de ahí lo acertado del título, pero su poesía no es descarnada ni insustancial. Tampoco monotemática. El lenguaje es rico, sustentado en una retórica efectiva, no efectista, que subraya una aspiración a la claridad y una capacidad de hacer extraordinario lo cotidiano y habitable lo irracional al mismo tiempo que encara lo más negativo y estremecedor de la existencia. Hay poemas que destilan un inteligente sentido del humor, a veces amargo, a veces tierno, como “La mosca” –el más extenso del libro- y “La cojera”; otros celebran el carpe diem como rechazo de la potencia devastadora del tiempo (por ejemplo, “Sudoku” con los dos versos finales tan rotundos a favor de la experiencia: “Vivir ahora o nunca./ Basta de recordar lo no vivido”.) o entran en el terreno de lo metapoético, como el significativo Apoética (Todavía no he escrito un verso mío/ Un verso con temblor de nacimiento,/Con alma y nombre que me identifiquen/ O me enemiguen para siempre./ No lo he escrito. Quizá nunca lo escriba./Sigo escondido en una/ Comedia de la muerte, que es mi verso.) También tienen cabida en este libro los poemas que afrontan el conflicto social, la denuncia de los abusos e injusticias que se ciernen sobre los más débiles, sin incurrir en simplificaciones panfletarias (“Aprendiz de tirano”, “Beirut 15 de agosto de 2006” y “Una Pintada”, este último ya me gustó mucho cuando el autor lo leyó en Orihuela en una de las veladas nocturnas de Íthaca, organizadas por Javier Catalán y Ana Leonís).
Además es una constante en este libro la visión introspectiva, en ocasiones autobiográfica, al margen del discurso confidencial que afecta a tanta poesía de nuestro tiempo. En este sentido, me parece encantador el poema “Las manos de mi madre”. Un recurso que utiliza Chessa para evitar el manido confesionalismo y crear un efecto distanciador es el juego del doble -también destacado por Jordi Doce en el prólogo-, la confusión entre la persona que escribe los poemas y el que los firma, el desdoblamiento, el simulacro de Pessoa, que no es trampantojo sino necesario enmascaramiento, pues como dice Octavio Paz, “la máscara habla un lenguaje más libre”. En el poema “La mañana, la noche” hay un verso que corrobora lo que digo: "yo soy más el que soy cuando me invento".
En definitiva, hay en todo el libro una voz que combate contra la muerte, que da testimonio de la fealdad , la violencia, el dolor , la maldad y la soledad para enaltecer el amor, las ganas de vivir, el sacrificio y la ternura. |