| Es verdad que, en general, la práctica del género breve en nuestros días esconde mucha frivolidad cool, pero no es menos cierto que ha creado algunas obras maestras como Para qué sirven los charcos, de Tomás Sánchez Santiago o Isla Decepción de Rafael Fombellida, por poner un par de ejemplos significativos. Por otra parte, no creo que esta literatura de lo pequeño e inmediato sea exclusiva de la postmodernidad: ahí tenemos como muestra a Montaigne, Pascal, Schopenhauer, Nietzsche… Y ya entrados en el siglo XX Gómez de la Serna, Bergamín , Juan Ramón, Benjamín o Canetti..
Existe, pues, una tradición anterior al canon postmoderno; y en ella, sin renunciar a las posibilidades que ofrece nuestro presente cultural, se mueve Jordi Doce (destacado traductor, ensayista, poeta y creador de uno de los mejores blogs que conozco -www jordidoce,blogspot.com-) en su último libro Perros en la playa, editado por La oficina, y que supone la continuación del cuaderno Hormigas blancas (Bartleby, Madrid,2005).Muchos de los textos se publicaron antes en el mencionado blog, que comparte título con este libro.
Perros en la playa es un libro complejo y plural, que escapa a las clasificaciones jerarquizantes y cautiva por la impresionante amplitud de pensamiento y su escritura caleidoscópica -algún crítico lo ha calificado de “cajón de sastre”-, unas veces ágil, chispeante, irónica, tierna, y otras reflexiva, profunda y un tanto crispada; y es que en sus páginas encontramos aforismos, pequeños apuntes íntimos, observaciones autocríticas, poemas, reflexiones sobre arte y literatura, comentarios sobre el proceso creativo, descripciones impresionistas del paisaje natural y urbano, microrrelatos, etc. Pero esta propuesta miscelánea, cuya única regla es la brevedad, en absoluto resulta dispersa o difusa. Aunque los fragmentos no están fechados ni titulados; ni siquiera numerados –solo están separados unos de otros por discretos espacios en blanco-, y algunos son fruto de la inmediatez, no están escritos a vuelapluma; cada uno de ellos está trabajado con imaginación y rigor reflexivo. Es una delicia leer estas notas y me resulta muy difícil hacer una selección de las que más me han gustado, porque todas son brillantes y muchas excelentes. Si acaso escogería, por la profundidad y originalidad de su escritura, aquellos textos en los que el autor medita sobre arte y literatura (lo mismo da un tirón de orejas a la crítica por no prestarle mayor atención al error, que elucubra sobre la forma en poesía tras una lectura de James Lovelock o reflexiona acerca de la traducción literaria), aunque igualmente profundos, documentados y alejados del lugar común, son sus análisis de las piezas musicales o los cuadros que le emocionan. También destacan sus magníficas descripciones de la naturaleza (aunque Jordi Doce tiene sus sentidos bien desarrollados, destaca su agudeza visual, lo que le permite captar con una extrema sensibilidad los matices más ínfimos de la luz y de los colores).
La escritura concentrada y minuciosa de Jordi Doce es limpia, serena, lírica y asombrada cuando expresa emociones, sentimientos o describe hallazgos y epifanías cotidianas, y se torna irónica -en ocasiones hasta sarcástica- cuando ejerce la crítica contra el medio literario y sus personajes acomodados. Pero Doce siempre es más ecuánime que radical, más lúcido que apasionado.
Por otra parte, algunos fragmentos de Perros en la playa entran en el terreno de lo misterioso, lo mágico cotidiano y la alucinación. El autor deja claro que escribe en la frontera entre la imaginación y la realidad: “¿La realidad? Desde luego. Pero solo para pedirle una dosis de irrealidad y que así se vuelva más interesante”.
. Como decía al principio, la postmodernidad está llena de libros fragmentarios y misceláneos, pero pocos alcanzan la calidad, la agudeza crítica y el lirismo preciso y elocuente de perros en la playa. |